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La simplicidad de Roy Halladay

Roy Halladay simplificó el picheo. Esto era el rasgo característico de su grandeza cuando subía al montículo en un partido de béisbol. Tomó esta gran, extensa y complicada cosa, esta intrincada forma de arte cargada de muchos detalles  como lanzamientos, conteos, estilos de bateo, informes de búsqueda y cirugías Tommy John para los brazos, zonas de golpes fluctuantes ,situaciones de alto apalancamiento , contextos bajo apalancamiento y todo eso lo redujo a su esencia.

Halladay sabía quién era él en el montículo. Las estadísticas no reflejan ese tipo de cosas, el aura que ostentaba, el personaje imponente que hacía que los lanzadores quisieran ser él y los bateadores querían aprender de él. No obstante, existe una cifra que gráfica su dominio supremo.

En 2003, cuando pareció comprender por primera vez sus poderes como pícher, ponchó a más de 200 bateadores (204, para ser exactos), y caminó por la vía de las 4 bolas malas a menos de un bateador por apertura (32 bases por bolas en 36 aperturas). Solo nueve hombres en la historia del béisbol han realizado esta proeza durante una temporada completa.

Siete años después, en 2010, cuando Halladay tenía 33 años y era una leyenda establecida, lo hizo de nuevo. Ponchó a 219, y otorgó 30 bases por bolas en 33 aperturas. Solo otro lanzador en la historia ha logrado esa hazaña dos veces, y ese fue el hombre cuyo premio ganó Halladay en cada una de esas dos temporadas, Cy Young.

Halladay se negó a complicar las cosas, por lo que todo parecía tan sencillo cuando lanzaba. No fue fácil. Él trabajó más duro que nadie. Él se preparó mejor que nadie. Y lanzó strikes incluso en esas raras ocasiones en que los bateadores parecían derrotarlo.

Sus inicios

Halladay descubrió esa sabiduría lentamente. Era un prospecto impresionante de la escuela secundaria Arvada West en los suburbios de Denver. Medía 6 pies con 6 pulgadas con un movimiento sutil y pulcro como de un libro, aunado una bola rápida que oscilaba más allá de las 90 millas.

Su trayecto por Ligas Menores hacia Las Mayores fue meteórico. A los 21 años, llegó a los  Azulejos Toronto. La primera aparición de Halladay fue buena. En su segunda salida, tomó un juego sin hit y sin carreras en la novena entrada. Sin embargo, Bobby Higginson rompió el no-no con un largo jonrón a la izquierda.

Hizo todo lo que puede hacer en el montículo», dijo un temido manager de Toronto, Tim Johnson, después del partido.

Increíble, pero cierto

Parecía que su desarrollo iba a ser acelerado, sin obstáculos, pero la grandeza no funciona así. En su segunda temporada, Halladay no pudo encontrar la zona de strikes. Él concedió 79 bases por bolas en 149 entradas. En la tercera campaña, los artilleros lo castigaron sin piedad (su efectividad de 10.64 sigue siendo la más alta para un pícher con más de 50 episodios lanzados),  Así que los Azulejos el dieron reiniciar como a una PC lo mandaron a escalar de nuevo la montaña al enviarlo hasta Clase A.

La evolución

Entonces dos cosas pasaron. En primer lugar, Halladay, que admitiría haber sido casi derrotado, comenzó a buscar los secretos del arte de lanzar en el montículo. Empezó a mantener apuntes detallados de sus juegos. Comenzó a buscar patrones, ritmos, eternas verdades de lanzamiento. Él comenzó su viaje a la simplicidad desde la colina de los infartos.

En segundo lugar, Halladay comenzó a trabajar con un entrenador de picheo tosco y duro como el carbono llamado Mel Queen, quien lo llamó «un idiota estúpido sin agallas» la primera vez que se encontraron.

«Muchos de los muchachos»,  dijo una vez Queen, quien jugó en la antigua Liga Profesional de Nicaragua. «Me habrían golpeado».

En cambio, Halladay abrazó la idea de comenzar de nuevo. Juntos cambiaron el ángulo del brazo del as para que sus lanzamientos tuvieran más movimiento. A medida que desarrollaba la rotación de sus disparos, el ganador del Cy Young del 2003 con Toronto y 2010 con los Filis, descubrió que podía doblar sus envíos  en cualquier dirección, dependiendo de que si enfrentaba a un bateador derecho o un zurdo en el plato. Queen le dijo con ese tipo de inclinación, solo debería apuntar al medio.

Y eso es lo que hizo Halladay por el resto de su carrera. Apuntó hacia el centro y dejó que el béisbol hiciera el trabajo.

El trabajo duro genera sus frutos

En 2002, Halladay lideró el nuevo circuito en entradas lanzadas y permitió solo 10 jonrones. Al año siguiente, ganó el Premio Cy Young de la Liga Americana, compilando un balance 22-7 con una efectividad de 3.25 y un increíble 1.1 bases por bolas en nueve entradas. Sería así, más o menos, hasta que su brazo comenzó a ceder al final de su carrera.

Claro, comenzaron a llamarlo «Doc» en ese momento, después del pistolero y dentista Doc Holliday. El apodo se ajustaba a Halladay. Tenía la parsimonia de un sheriff del viejo Oeste en el montículo, como si ya supiera cómo iban a salir las cosas. Apartando a Maddux nunca se ha visto a un serpentinero con un control como de él.

Su perfecto

El 29 de mayo de 2010, contra los Marlins. Halladay lanzó un juego perfecto, pero era más que eso. Nunca hubo la más mínima duda de que lo haría. Tenía a los bateadores, los árbitros y los fanáticos bajo su hechizo.

Por lo general, cuando ves un juego perfecto en progreso, hay un cierto nerviosismo, porque en cualquier instante, puede haber un pelotazo a un bateador, un imparable o una base por bolas y la perfección termina.

Pero no había nerviosismo en ese encuentro, porque los Marlins no tenían ninguna posibilidad de estropearla al derecho de los Filis su obra de arte. Halladay había alcanzado alturas tan grandes que sabías que nadie se le iba a embasar, trabajaba las esquinas como un boxeador, y sabías que los de Miami no pasarían  la primera base.

Halladay tuvo un control similar sobre los bateadores de Cincinnati en los playoffs ese mismo año. La mayor sorpresa de ese no-hitter fue que realmente otorgó una base por bolas.

Inmenso por donde se vea

Se encuentra en Cooperstown, porque fue uno de los grandes lanzadores de todos los tiempos. Hay quienes insisten en aferrarse a estadísticas tradicionales, hay otros que no, las ven obsoletas, como las victorias de los lanzadores (Halladay ganó 203 juegos). Y al hacerlo, pueden perder lo obvio. Y entonces, consideremos otras tres cifras.

 

Primero: Desde 2003-11, Halladay completó 61 juegos. Eso tal vez no suene asombroso históricamente; si retrocedes un par de décadas, los lanzadores plasmaban juegos completos todo el tiempo. Pero el “Doc” no lanzó en esa era.

Su brillo en estadísticas tradicionales y avanzadas

Esos 61 juegos completos en nueve temporadas son más de lo que Clayton Kershaw, Max Scherzer, Zack Greinke compilan combinados en sus carreras.

Los 67 juegos completos de por vida de Halladay son más que lo que logró cualquier equipo en todas las temporada de la década pasada.

Segundo: Halladay es 14º de todos los tiempos en Win Probability Added (WPA), una estadística que esencialmente mide, bueno, la contribución de un lanzador a cada victoria del equipo en que juega. Con WPA, cada uno se suma a la probabilidad de ganar, cada hit o bases por bola genera algo, y obtener los mejores outs en los momentos más importantes es lo que realmente cuenta. En la lista de todos los tiempos de WPA, Halladay y Kershaw están entre un par de Bobs, Gibson y Feller.

Al calcarlo otros mejoraron

La tercera estadística no es exactamente algo de números. Es una estimación del porcentaje de jugadores que lo idolatraban, admiraron y apreciaron a Halladay.  Charlie Morton modeló su estilo de picheo al estudiar al «Doc», milimétricamente, acuciosamente. Brandon McCarthy hizo mucho de lo mismo.

Bateador tras bateador hablaría sobre el honor de enfrentarse a Halladay, como si fuera una visita con el Papa. Una vez un lanzador aseveró sobre lo raro que era el “Doc”, como ningún ser humano podría esbozar tantos sliders pesados seguidos sin (A) perder velocidad y gravedad, haciendo ver ridículo el 9.8 de Newton o (B) que se le desintegre el brazo. Él era como un héroe popular.

No, más que eso, Halladay era el lanzador más admirado de su época. Todos sabían lo duro que trabajaba. Todos respetaban la forma en que se ocupaba de su negocio. Todos miraron maravillados cómo simplificaba el arte de lanzar.

En especial, todos anhelaban tener un poquito de su aplomo, solo un poco de su clase, solo una partícula de su sentido del yo.

Fue el héroe de todos

Roy Halladay logró lo más difícil que un gran atleta puede conseguir. Él era el héroe de todos, el atleta que uno quiere emular. En el 2011 cuando empieza la era de Kershaw al ganar su primer premio Cy Young, el as de los Filis quedó segundo en la votación.

Para ser el hombre, debes vencer al hombre, Halladay le había dado la estafeta a Clayton, parecía decirle: «Ahora, la bola es tuya, yo ya hice mi trabajo, dicen que vas a tratar de emularme o ser mejor, dicen que eres el brazo izquierdo de Dios, la década pasada fue mía, ahora esta te pertenece». Y así fue.

En la primera década de este siglo, Halladay era símbolo de competitividad/excelencia desde el montículo. Cada lanzador intentó imitarlo, ningún bateador quería enfrentarse a él, y a todo el mundo le agradaba. El último caballo de batalla del béisbol nos dejó demasiado pronto.

Su huella fue indeleble

Su leyenda en el béisbol no disminuirá porque las historias de su ética de trabajo, su compromiso  se transmitirán a las  futuras generaciones. El líder de la temporada en juegos completos debería obtener el Premio Roy Halladay.

Si había un pícher capaz de ganarle un juego de vida o muerte a Cy Young, Walter Johnson, Christy Mathewson, Greg Maddux, Roger Clemens, Warren Spahn, Lefty Grove, Bob Gibson, Randy Johnson, Pedro Martínez, Sandy Koufax o Clayton Kershaw . Ese era, Roy Halladay, ningún mánager dudaría en darle la pelota en un duelo aunque en la otra acera estuviera alguno de esos dioses del montículo. Siempre hizo las cosas tan simples.

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